El crítico de TV Fernando Vivas contó su intento de arrancarle la verdad a la “Reina de las parranditas”, quien salió de prisión hace una semana pero aún debe responder al proceso que la acusa de autora intelectual del asesinato de Alicia Delgado
He estado pendiente de que Abencia diga algo que le salga del forro. Desde su liberación, anda demasiado consciente de las cámaras que la rodean, de la reserva judicial que le impide zapatear “soy inoceeeeente”, de las lecciones que dice haber aprendido, del Dios al que ahora dice servir, de la gente a la que ahora quiere amar, de todo lo que ha perdido estando presa y de todo lo que ahora puede sacar —parranditas remix, miniserie, película, giras de vuelta a la vida, un nuevo amor que no se avergüence de sus quecos— si se porta bonito.
Intenté yo mismo arrancarle esa verdad pero me la negaron. Yosmel Kennedy Lugo, el hijo antes relegado por Abencia pero que hoy cada que la ve pone cara de soñador ante su heroína de TV (aunque, valga el prontuario de una y la nobleza filial del otro, bien podría ser al revés), excusa a su mamá ante mi llamada.
¡Encontré la frase auténtica! Revisando el especial del programa “Punto final”, que tuvo que pagar a la diva excarcelada para poder meter a la reportera Juliana Oxenford al auto que la recogió de Santa Mónica, hay un solo instante en el que Abencia se relaja, se sienta encima de la reserva judicial y suelta de un solo suspiro todo lo que piensa de Alicia, su peor es nada convertida en polvo: “En la fantasía de tu dinero hasta dónde te hicieron llegar, a la tumba” (sic).
NI TANTO AMOR, NI TANTO ODIO
Fue Carlos Chávez Toro, quien publicará en estos días su libro “Entonces, ¿quién mató a Alicia Delgado?”, el que me advirtió de esa frase excepcional que delataría que para Abencia, la finada se había convertido en una mujer metalizada a la que ya ni amaba ni odiaba tanto como para matarla, y que su codicia la llevó a rodearse de sanguijuelas mortales. Después de haber investigado las varias aristas del crimen, Carlos se inclina a pensar, como yo y como ustedes que han seguido los giros del caso en la TV, que Meza ni metió cuchillo ni mandó meterlo. A Carlos le parece fundamental seguir la pista de la familia Martel, de Gaudy, a quien Alicia presentaba como su hijastra, acusada de secuestro y hoy presa por robacasas, de Víctor, su padre, albacea de los bienes de la difunta en EE.UU., y de Natividad Calderón, su madre, presa por armar paquetes de droga para “burriers”. Qué bonita familia la que rodeaba a Alicia y a su psicópata guardián Pedro Mamanchura.
La hipótesis que culpa a Abencia también flaquea en el móvil. “Ella tenía un interés en lo que había en la caja fuerte de Alicia, es cierto, pero ya no estaban juntas, salía con Zundy (Culquimboz)”, dice Carlos. ¿Y el incidente en el que le pegó a Alicia? “No fue por celos ni traición, ese día tenían que trabajar juntas y Alicia no aparecía ni le contestaba el teléfono”. Entonces, si Abencia fue la primera sospechosa de asesinato, fue porque el show de amor odio que montó con Alicia resultó demasiado convincente, porque metió la pata al pedir visa en el Consulado de Italia y porque en la PNP hay aún demasiada homofobia.
PRÓXIMAS PARRANDITAS
Si usted es un romántico conservador querrá oír a Abencia cantar sus lecciones aprendidas al pie de la tumba de Alicia, verla de señora “straight” amadrinando la boda del buen Yosmel, alentando la carrera de su hermana Olga y emparejada con algún mánager bonachón.
Pero no olviden a la “Reina de las Parranditas” (varios alegres huainitos pegados sin pausa, a la vieja usanza de las parranditas de Rulli Rendo y de La Parranda de Panamá), y a la “Pistolita” más rápida del folclor que ayer repartió balazos a los colados a un concierto (el joven Percy Jara Calahua no la olvida) y hoy lanza panetones y cuyes fritos a sus fans. Esa Abencia suspira debajo del fustán y de los kilos de polleras y no nos va a engañar aunque la pinten más buenota que Dina Páucar y que la Muñequita Sally en una próxima miniserie.
Alicia estará cerca del cielo pero Abencia está demasiado cerca de nuestra mugre terrenal, de nuestras dudas y sospechas, y las canta porque las ha vivido.


